Astronomía d.B. (después de Betelgeuse)

No he podido retraerme estos días al ansia y comentario en los círculos al respecto de la progresiva caída de brillo de la estrella alfa orionis, Betelgeuse. Por mucho que leemos que esta caída de brillo está dentro de lo que con seguridad será otro ciclo en sus periodos de aumento y disminución de luminosidad, cada vez que el tema surgía una vez más porque alguien se hacía de nuevas con la noticia o simplemente lo traía otra vez a los corrillos de discusión astronómica, yo no podía sino sumar un ladrillo más a ese deseo de observar en el firmamento un espectáculo de esas características como lo hicieran a lo largo del globo hace 966 años con la supernova que hoy es M1 o la que contemplaran Brahe o Kepler. Y como el que juega a una muy improbable lotería de diez millones de años, al final se cree portador del boleto ganador.


Se completen o no los vaticinios acerca de si Betelgeuse se mantendrá en el cielo como la ha venido haciendo en los últimos varios millones de años me ha venido a la mente una perspectiva que me ha dejado algo frío. En el caso de que Betelgeuse se volviera una supernova y regalara a la humanidad su presencia continua, nocturna y diurna, a lo largo de semanas como no lo ha hecho a lo largo de toda su existencia como estrella, ¿qué pasaría después? Este después se refiere a “después de la fiesta”. En el momento en que Betelgeuse se apagara definitivamente como estrella supergigante roja o supernova y se hiciera invisible al ojo desnudo. Me refiero al momento en que tras la luz percibiéramos el vacío que ha dejado en el cielo y en la nueva condición de manco de Orión.


La constelación de Orión es posiblemente con Taurus de las más antiguas observadas por el hombre, es posible seguir hacia atrás en el tiempo a estas constelaciones a través de culturas y civilizaciones hasta que el suelo de la historia desaparezca bajo nuestros pies, y aun sospecharíamos que su recorrido se hundiría más en la niebla de un pasado del que no nos han llegado vestigios. Los motivos por los que podemos hacer esta mirada atrás pueden ser muchos, los momentos en que se ha alzado, las características del asterismo principal, las leyendas a las que se ha asociado, si me pongo a discernir o enumerarlos se me irá el hilo.



La cuestión es que una vez que no veamos en el cielo el Orión que conocemos y debamos reaprender la constelación algo habrá cambiado para siempre y de eso también se es ganador o perdedor en esta lotería.


El firmamento en su concepción más “griega” era el lugar donde habitaban las Ideas, inmutables y perfectas, desprovistas de pasiones y por tanto ligeras como para elevarse hasta allí. Aunque hoy sabemos que ni las Ideas habitan los cielos estrellados (no así los ideales de muchos de nosotros), ni el firmamento es inmutable, sí que seguimos en una percepción del universo como algo difícil de observar en movimiento desde la perspectiva de una vida humana. Algo así como “el cielo no es inmutable, pero sí que lo es para mí”. Orión es Orión como lo era hace 6000 años, con menor perspectiva también lo es el que la Polar apunte al Norte o con una larga visión el que los eclipses de Sol “todavía” (y por mucho tiempo) puedan ser totales y no sólo anulares.


La memoria y el cerebro en general pierden plasticidad con los años y se resisten en cierto momento a aprender cosas nuevas a cambiar de opinión y perspectiva; la memoria de la humanidad debe tener algo parecido que evita que nos hagamos a esos cambios que el caprichoso universo nos envía. Que le pasaría a la humanidad cuando el héroe del firmamento desaparezca, cuando comprobáramos en vivo ese cambio “desastroso” del cielo.


Nos hemos auto-editado un libro increíble en las constelaciones del cielo, donde hemos plasmado una o varias civilizaciones de símbolos, héroes y villanos, monstruos… para ahora perder alguno de sus capítulos en la copia maestra. ¿Nadie se lo había planteado? El contarle a sus hijos o nietos algo así como: “yo recuerdo cuando todavía Orión tenía la estrella superior izquierda”. Y que a continuación lo miren como si Hiparco de Nicea siguiera todavía vivo.


Es una lección más del Universo, que nos enseña que no es algo hecho para la concepción humana del tiempo. Empezamos como observadores, al plasmarlo en mapas, nos autoproclamamos “conservadores” del firmamento y seguros de una inmutabilidad que no teníamos que poner a prueba el universo nos demuestra que nada es para siempre o está exento de cambio. Incluso los muros de la catedral del cielo caen en ruina. Creímos que la antigüedad del firmamento no tendría páginas nuevas y ella sola ha pasado a otro capítulo. Eso es arqueología estelar viva.


Daría lo que fuera por saber qué diría Carl Sagan acerca de todo esto.


Pero por ahora Betelgeuse sigue ahí, cada vez más tenue, por ahora. Y no tenemos que plantearnos el corregir todos los atlas del firmamento para que le asterismo principal de Orión tenga seis estrellas en lugar de siete, o hacernos a otra pareidolia de lo que representaría esa nueva distribución de estrellas.


Jesús Carmona


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